Por Jorge Zavala, cineasta
Antes de entender qué era el lenguaje cinematográfico, antes de saber lo que significaba un plano secuencia o un clímax narrativo, hubo una película. Una historia. Un momento frente a la pantalla que me hizo sentir algo que no sabía cómo nombrar: asombro. Y ese momento, esa chispa que encendió todo, vino de la mano de Steven Spielberg.
Spielberg fue el primer director que me hizo soñar. No solo con lo que podía contar, sino con lo que podía sentir. Sus películas eran portales. Aventuras que cruzaban galaxias, tierras perdidas, habitaciones donde los niños volaban en bicicletas o los adultos lloraban frente al teléfono. Con él entendí que el cine no era solo una ventana para mirar el mundo, sino una forma de expandirlo.
Hay algo profundamente humano en su forma de narrar. Spielberg tiene una sensibilidad especial para contar grandes historias desde lo íntimo. Siempre hay un niño buscando a su madre, un padre que falla, un héroe común enfrentando lo extraordinario. Esa combinación entre lo épico y lo emocional es su marca registrada, y también, de alguna manera, la brújula que me guía como cineasta.
Admiro su capacidad para cambiar de registro sin perder su esencia. Puede pasar de la fantasía pura en E.T. al terror visceral de Tiburón, de la aventura de Indiana Jones al drama devastador de La lista de Schindler, y siempre mantiene esa mirada compasiva, profundamente humana. Hay una humildad en su forma de mirar a los personajes. Nunca los juzga. Los acompaña.
La dirección de actores en su cine también me marcó. Sabe encontrar la emoción precisa sin forzarla, y deja espacio para que los personajes respiren. Hay escenas en Encuentros Cercanos del Tercer Tipo o El Imperio del Sol donde el rostro de un personaje, en silencio, dice más que cualquier diálogo. Esos momentos me enseñaron que el corazón del cine está muchas veces en lo no dicho.
Y claro, la música. ¿Cómo no hablar de John Williams? Esa colaboración mítica, que no solo dio identidad sonora a sus películas, sino que también construyó parte de nuestra memoria colectiva. Las notas de E.T., Jurassic Park, La lista de Schindler… forman parte de nuestro imaginario emocional. Para mí, escuchar esas partituras es como volver a casa.
Spielberg no solo hizo que me enamorara del cine. Me hizo entender que, con una cámara, se puede hablar de la infancia, del miedo, del amor, de la guerra, de la pérdida… y al mismo tiempo recordarnos que todavía es posible creer en la magia. Él fue mi puerta de entrada. El primer sueño. Y ese sueño aún me acompaña, cada vez que escribo una historia, cada vez que grabo una escena y me pregunto si, de alguna manera, aún estoy buscando lo que sentí la primera vez que vi una de sus películas.