Por Jorge Zavala, cineasta
Hay directores que admiramos por su técnica, otros por sus historias. Pero hay algunos —muy pocos— que logran tocarnos de una forma íntima, profunda, visceral. Para mí, Alejandro González Iñárritu es uno de ellos. Su llamada trilogía de la muerte —Amores Perros, 21 Grams y Babel— no solo me marcó como espectador, sino que me formó como narrador. Su cine me enseñó que la vida no se cuenta en líneas rectas, que la belleza también habita en el caos, en la herida y en el silencio.
Lo primero que me impactó fue la fotografía. Esa crudeza tan bien compuesta, esa cámara que tiembla con los personajes, que se atreve a mirar de cerca el dolor y la verdad. Con Rodrigo Prieto como aliado visual, Iñárritu logra imágenes que no se olvidan, no por su estética pulida, sino por su humanidad brutal. Hay planos en Amores Perros que aún me persiguen, como si los hubiera vivido yo.
Otra cosa que admiro profundamente es su dirección de actores. Tiene un don para sacar lo más honesto de cada intérprete. No importa si es un rostro conocido o alguien que apenas se inicia: bajo su guía, los personajes no parecen actuados, sino vividos. Son carne, hueso y culpa. En 21 Grams, por ejemplo, hay miradas más elocuentes que páginas enteras de guion.
Y por supuesto, su manejo de los puntos de vista. Esa narrativa fragmentada, casi poética, donde el tiempo se quiebra y las piezas del rompecabezas humano se van armando lentamente. Me inspira esa manera de construir desde el desorden, porque ahí está la vida también: en las conexiones invisibles, en lo que no se dice a tiempo, en lo que nunca se llega a entender del todo.
La música, casi siempre firmada por Gustavo Santaolalla, funciona como un corazón subterráneo. No busca imponerse, sino respirar con la historia. En Babel, cada nota parece acompañar la soledad de los personajes, cruzando continentes y lenguajes, como si el dolor hablara un mismo idioma.
Ver y volver a ver esta trilogía me recuerda por qué elegí contar historias. Porque creo, como Iñárritu, que la vida está hecha de fragmentos, de pérdidas, de encuentros fugaces que nos transforman. Y porque sigo buscando, en cada plano y cada diálogo, esa misma emoción que él supo despertarme la primera vez.